"Quizás los momentos de iluminación nos revelan una verdad extraordinaria que no tiene que ver con un contenido sino, precisamente, con una intensidad"
Te estás yendo. Un punto diminuto en la distancia que agita las manos, hasta que la desaparición, para la cual nadie está preparado, te traga como un pozo cuya profundidad no conozco. Probablemente no tenga fondo y en mis sueños a partir de ahora, te vea siempre cayendo. No tuvimos una casa, los objetos compartidos que son fuente de calor, lo que permanece y en su permanencia nos serena, cimientos y paredes y techo, el tronco de un árbol que aunque dañado por los golpes del granizo, ninguna tormenta alcanza a derribar. No tuvimos nada que no pudiera ser fácilmente arrasado ni movido de su sitio, vivimos a la intemperie como si el amor fuera puro viento y no una piedra cayendo desde lo alto de un precipicio, compacta y decidida, una piedra que siempre toma partido por la tierra, por lo firme, que se resiste a queda vagando en el aire ni el mar. Sabe que si no hay suelo debajo, no hay quien descanse, ni quien construya un puente sobre el agua para poder cruzar a la otra orilla. ¿Una casa hubiera curado nuestra herida? Es que creíamos que una casa era la herida misma, los muros entre los cuales la fealdad crecía como una flor venenosa, soñábamos desde la infancia con un viaje que nos salvara, una isla desconocida y cálida, el resguardo imaginario que hacía falta para sobrevivir en el aislamiento de los hermitaños o los monjes. No existía el ansia de la dicha, nunca existe cuando la principal urgencia es escapar. Contra la propia fuerza de la vida que impulsa a la reunión, contra la gracia que invariablemente les espera a los que han sido demasiado heridos, huimos una y otra vez como si el afecto humano fuera una amenaza, una nueva lastimadura, desconocida esta vez y por eso más peligrosa todavía, frente a la cual no sabríamos de qué manera defendernos. Nada está solo. Y separarnos los unos de los otros no nos da la soledad, más bien nos acerca a los terrores del origen, que van a acompañarnos de allí en más, porque quien no construye su propia casa vuelve a las ruinas de la que tuvo, como las bestias perseguidas y cansadas regresan al lugar donde reconocen un tenue rastro de calor: las brasas de la fogata que devastó el bosque en que nacieron, las cenizas que aún siguen encendidas.